El chip de Citadel puede convertirse en realidad: descubre la historia real del borrado y la formación de recuerdos a través del propranolol, la optogenética y la interfaz cerebro-computadora, y qué tan cerca está la ciencia de 2026 de la serie de Amazon Prime.
Lee la versión en inglés de este análisis aquí:
The True Story Behind Citadel: How Modern Science Manages Memory Erasure and Rewriting Identity
Citadel, la serie de Amazon Prime Video que llega a su segunda temporada en 2026, posee una particularidad que la vuelve profundamente fascinante: su manera única de tejer una narrativa de espías y servicios secretos anclada en la realidad con ciertos elementos más cercanos a la ciencia ficción, como los satélites de control capilar que presenciamos en la temporada 2. Son recursos narrativos que hacen la historia más cautivadora y plantean interrogantes sobre cuán distante se encuentra la realidad de aquello que contemplamos.
Como ya hemos hecho con War Machine y la realidad de los robots asesinos, indagar en cuánta historia real se esconde tras la trama de Citadel puede llevarnos a descubrir cosas que no sabíamos —y quizás, cosas que no deseábamos saber. Pues conocer que la realidad de hoy no está tan alejada de las inquietantes prácticas que vemos en pantalla puede ser como un relámpago en un cielo despejado: potencialmente destructivo, pero necesario.
En Citadel, asistimos a la aplicación de este temible chip, capaz de ejecutar el llamado «Memory backstop»: el borrado inmediato de cada recuerdo, una suerte de reinicio que anula instantáneamente la personalidad del sujeto. El asunto evoluciona en la temporada 2 incluso hacia una función de «activación/sobrescritura» que transforma a los individuos en algo completamente diferente.
¿Pura ciencia ficción, no? Bien, la realidad científica de 2026 es capaz de realizar proezas ya notablemente cercanas a las que vemos, a través de prácticas como el propranolol, la optogenética y las interfaces cerebro-computadora. Y en este punto, se vuelve esencial conocerlo todo sobre cuán cerca se sitúa la ciencia ficción del mundo de hoy.
Eliminar recuerdos con propranolol
Sorprendentemente, existe una larga serie de investigaciones científicas recientes sobre la alteración de los recuerdos a largo plazo. Tales estudios se fundamentan en la toma de conciencia de que las memorias no son como archivos aislados guardados en las células de nuestro cerebro, sino que representan fragmentos que, para perdurar, requieren de un proceso específico que los traslade desde los estratos de la memoria temporal hacia la permanente. Este proceso se denomina «consolidación» y se desarrolla a través de componentes profundamente físicos de nuestro cuerpo: la adrenalina, los neurotransmisores y las hormonas que estimulan la amígdala.
Como explica este artículo de Scientific American con su impactante título, «Eliminar recuerdos», es posible intervenir en este proceso mediante el propranolol, un betabloqueante que impide que la adrenalina sea absorbida. Por consiguiente, emplear el propranolol con precisión durante el proceso de consolidación de la memoria impediría, a efectos prácticos, que estos se transformen en recuerdos permanentes.
El chip de Citadel procede bajo comando a eliminar memorias ya consolidadas en el cerebro del sujeto, ¿cierto? Pues bien, estudios recientes demuestran que incluso los recuerdos permanentes requieren de un «reconsolidamiento» regular para mantenerse como tales. Por lo tanto, el uso del propranolol puede impedir la acción del reconsolidamiento, permitiéndonos «olvidar» las cosas con mayor rapidez, o reescribir recuerdos despojándolos de su componente emocional —una aplicación de esta sustancia que ya se utiliza para tratar los traumas nacidos de experiencias trágicas del pasado.
Olvidar con rapidez, eliminar memorias temporales y reescribir las emociones vinculadas a ellas… en definitiva, aquello que presenciamos en Citadel ya está ocurriendo, aunque no en el lapso de unos pocos segundos como sucede en la serie.
Optogenética: Alterar el funcionamiento del cerebro mediante la luz
A través de la optogenética, el panorama se aproxima aún más a esa forma de «escritura de la memoria» que presenciamos en la segunda temporada de Citadel. La optogenética es un proceso de modificación genética de nuestro cerebro que vuelve a las neuronas sensibles a la luz: si esto ocurre, nuestra actividad cerebral puede, efectivamente, ser inhibida o excitada de manera localizada a través de estímulos luminosos. Y esto también es posible para los recuerdos, si la estimulación luminosa se aplica a los engramas —las huellas físicas que nuestras memorias dejan en el cerebro.
Suena a ciencia ficción, pero la (¿inquietante?) verdad es que ya se han llevado a cabo con éxito experimentos de «trasplante de memoria» similares a los de la película Inception en ratones. Este célebre experimento de 2013 hizo exactamente eso: utilizando la optogenética para estimular los engramas cerebrales, forzó a los ratones a desarrollar un recuerdo traumático.
Ratones con memorias normales vinculadas a entornos tranquilizadores fueron trasladados a escenarios artificialmente peligrosos, donde se les sometió a pequeñas descargas que crearon una respuesta traumática. A través de la optogenética, el cerebro de los ratones fue obligado a reactivar el recuerdo del entorno seguro en el preciso instante en que la respuesta traumática de la descarga tomaba forma.
De esta manera, se forzó aquel proceso de «reconsolidación» que mencionamos anteriormente: la memoria se reabre y se «guarda» de nuevo, esta vez con la adición del componente traumático. ¿El resultado? Si esos ratones eran devueltos al entorno saludable, desarrollaban inmediatamente la misma respuesta traumática, a pesar de que no existía nada traumático en su experiencia en aquel lugar. Fue la optogenética la que «trasplantó» un recuerdo falso en ese entorno, tal como sucede en la película de Christopher Nolan.
Y, de repente, la imagen del «individuo activado» que vemos en la segunda temporada de Citadel se vuelve mucho más verosímil.
Interfaces cerebro-computadora: los chips que reescriben el funcionamiento de nuestro cerebro
Hasta ahora, hemos presenciado el uso de sustancias o estímulos luminosos para actuar sobre el cerebro. Si, por el contrario, deseamos abordar con seriedad el concepto de un chip injertado bajo la piel, bien, esto también es una realidad: se denominan interfaces cerebro-computadora (BCI, por sus siglas en inglés) y se han empleado en el ámbito médico desde hace varios años.
Las llamadas «BCI invasivas» son electrodos que se implantan directamente en nuestra materia gris, en comunicación directa con las computadoras. Inicialmente, nacieron bajo una modalidad de «solo lectura»: las conexiones cerebrales eran leídas por la computadora para otorgar una expresión alternativa a su mensaje. De esta forma, era posible traducir los pensamientos del cerebro en acciones físicas, como mover una mano artificial imaginando el hecho de hacerlo, en individuos que habían perdido sus brazos: la computadora lee los pensamientos a través de la interfaz neuronal y los traduce en movimiento.
Desde la modalidad de solo lectura, las interfaces neuronales evolucionaron hacia una modalidad bidireccional, capaz de «escribir» nuevas funcionalidades en el cerebro. Las aplicaciones médicas de tal tecnología son variadas: se ha logrado restaurar la visión a individuos ciegos o el movimiento a sujetos que padecían parálisis permanente.
¿Reescribir recuerdos? Esto también es posible: el controvertido programa RAM (Restoring Active Memory) de DARPA ha hecho exactamente esto, tomando a individuos que habían eliminado recuerdos traumáticos y utilizando estas neurotecnologías para recuperar esos recuerdos, o incluso reactivando un auténtico «replay» que puede tener efectos prácticos en rutas de entrenamiento.
Todo esto se realiza de forma real mediante el uso de una computadora conectada remotamente a un chip injertado en el cerebro humano. Desde esta perspectiva, lo que presenciamos en Citadel existe de verdad, y el potencial de escritura de tales chips ya está demostrado. La pieza final sigue siendo forzar un entrenamiento instantáneo en el sujeto, tal como en la serie donde los agentes eran transformados en asesinos con el simple clic de un botón en un portátil.
El chip de Citadel y las controversias éticas del «brain hacking»: una historia real
Al acercarnos tanto a aquello que contemplamos en la segunda temporada de Citadel, entramos en contacto íntimo con los dilemas éticos vinculados a las tecnologías capaces de «reescribir» nuestro cerebro. En la serie, lógicamente, esta tecnología cae en manos de la malevolencia de Manticore, que la emplea para crear asesinos a sueldo capaces de eliminar a jefes de estado bajo la influencia de comandos de reescritura enviados desde un ordenador. En el mundo real, aún no es posible injertar intenciones arbitrarias en la voluntad humana, pero el potencial de estos chips ya se encuentra bajo la lupa de la comunidad científica.
El temor, ya abordado en artículos sobre la ética de la neuroseguridad como estos, es que estas tecnologías puedan ser utilizadas pronto para fines menos terapéuticos, como en interrogatorios militares, para el «acceso no autorizado» a la información y, en su etapa final, como una forma de lectura del pensamiento. Esto genera graves problemas respecto al consentimiento, el cual resulta difícil de delimitar una vez que se acepta el trasplante de un chip en el cerebro.
Las consecuencias de una evolución descontrolada de tal tecnología pueden conducir a formas auténticas de alteración de la identidad, de manera similar a lo que presenciamos en la segunda temporada de Citadel: ya no sería posible discernir inequívocamente la conducta natural de un individuo de cualquier influencia potencial inducida por el chip, y los conceptos de responsabilidad personal y autocontrol se volverían peligrosamente difusos.
En conclusión, la segunda temporada de Citadel ha llevado a la pantalla, de una forma muy realista, técnicas de eliminación y restauración de la memoria y de «escritura cerebral» que ya son una historia real, experimentada y aplicada por la ciencia moderna bajo diferentes formas. Y la aplicación malévola de tales tecnologías es ya objeto de debate en este preciso momento.