Apocalypse now: ¿Cuál es el sentido del final y de la muerte de Kurtz?

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El Horror.

El Horror.

Estas son las palabras pronunciadas por el coronel Kurtz al borde de la muerte, sin sangre en el suelo, jadeando. Descuartizado en el templo por el capitán Willard, en realidad es víctima de una voluntad superior. Su muerte tiene la solemnidad, la sacralidad de un sacrificio pagano. Las imágenes de la matanza de un buey se alternan con las de la «matanza» de Kurtz; los «malditos» sujetos le bajan el machete a la bestia, Willard le baja el machete al Coronel. Sabemos que este último ha leído The Golden Branch de Frazer, un texto que destaca la importancia del sacrificio ritual del Rey-Sacerdote, que está a medio camino entre un hombre y un dios, en la economía del mundo pagano. Kurtz, como un rey pagano, tiraniza sus dominios idolatrado por los salvajes. Su reino es escenario de crímenes atroces, su tierra una especie de círculo de Dante, sus fieles seguidores paganos sanguinarios. Los cadáveres se amontonan por todas partes: amputados, descuartizados, ahorcados, hay para todos los gustos.

La misión y la muerte de Kurtz coinciden: su alma ha implosionado pero, como en un delirio lúcido, la razón sigue funcionando según leyes lógicas. En esta contradicción existencial, en la disolución de la ley moral en favor de un ego individual y omnipotente, en este colocarse por encima del bien y del mal, el Coronel Kurtz abandona el orden terrenal y se acerca a lo divino.

Su muerte lo confirma: Kurtz quiere que lo maten. No solo morir (está gravemente enfermo), sino ser asesinado. Su alma, sin embargo, está partida y da la idea de moverse en dos direcciones diferentes, como la ola que en una escena de la película se abre según direcciones opuestas. Kurtz es impermeable a la moralidad y esto lo acerca a un Dios.La locura del Coronel surge de una superación de la moralidad y es consecuencia de ella. De hecho, no es la locura lo que le hace perder de vista la moralidad, sino la superación de ésta lo que le vuelve loco: Kurtz es hijo del horror de la guerra y su respuesta a ella es la locura lúcida que manifiesta. El monólogo final lo tiene claro, Kurtz es víctima del horror que ha asimilado. En él, el deber moral se libera del imperativo humanitario, asemejándose en cambio al instinto animal. El deber moral del hombre es darse cuenta de su propia naturaleza primordial. El de Kurtz es un pensamiento, un «sentimiento» que tiene más de un punto de contacto con la instancia nacionalsocialista del deber moral como un deber de obediencia a un poder superior (pensemos en Eichmann) y, en última instancia, a los más bestiales que los demás. leyes de la naturaleza.

Kurtz sabe que él es el rey sacerdote «frazeriano». Cree que no puede morir pero quiere morir. Su alma reclama la muerte, pero su mente no puede aceptar la idea de la nada. La vaga expresión de terror estupefaciente frente al machete en mano de Willard lo confirma: el corazón exhausto de Kurtz no sólo acepta la muerte, sino que la invoca. Sin embargo, frente a la perspectiva de la anulación, su alma muestra por un momento los signos de un terror típicamente humano que, aunque inmediatamente reprimido por un autocontrol olímpico, parece por un momento devolvernos al hombre Kurtz.

Kurtz quiere y no quiere morir, hombre y Dios, el Horror lo desgarra por dentro y él lo percibe, pero la única forma de remediar un Horror tan invasivo es el propio Horror, debe permitir que ese Horror le sobreviva, él debe morir en el Horror porque el Horror se ha convertido ahora en su Ley, su Misión. El proverbial abismo nietzscheano que te mira es ahora el único espejo de Kurtz. Sabe que se ha extraviado, puede percibirlo, su alma está impotente y dominada por el Horror, pero su mente quisiera avanzar, proceder en la misión que éste le encomendó. Kurtz se abandona sin filtro al Horror del mundo y, como un demiurgo maldito, se pinta su aterrador cuadro. Ante la muerte no resiste, su alma vence y ofrece a su pueblo al nuevo Rey, aquel que supo tomar su lugar por la fuerza: la sucesión violenta es el último acto sacrificial que Kurtz ofrece al Horror y su Ley.

El deber moral nada tiene que ver con la muerte del Coronel, él no muere para salvarnos, como Cristo que acepta la Cruz para redimir a toda la humanidad; en cambio, muere porque acepta y se suscribe, una vez más, a la ley del Horror, y a ella se doblega y se somete. Es un Sócrates enloquecido que bebe cicuta para respetar no la ley de su ciudad, sino la ley universal del horror. Su misión es perecer en el Horror para confirmarlo, así como Sócrates muere para respetar las leyes de Atenas, confirmando efectivamente su inocencia y el respeto que les tiene.

Y después de todo, Kurtz también es inocente, al menos hacia Su Ley.

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